Carlos Isaac
Zainea Maya

Doctorando en Filosofía y en Matemáticas
Científico de datos · Bogotá

Hermenéutica y pragmática del razonamiento artificial; álgebra de quivers y aprendizaje en grafos; datos públicos.

← BlogFilosofía26 de septiembre de 2026perenne

La palabra sin cuerpo en el reparto entre habla y ruido

Los loros estocásticos no plantean la pregunta de si las máquinas hablan: reactivan, invertida, la operación que Rancière sitúa en el origen de la política. La «bodega» como Aventino invertido.

Texto final del seminario de línea Jacques Rancière. Política, estética, subjetivación (Doctorado en Filosofía, Universidad Santo Tomás, 2026-I, prof. Nelson Fernando Roberto Alba). Se publica íntegro; también en PDF.

Resumen. Los modelos de lenguaje de gran escala —los loros estocásticos de Bender et al.— inundan el espacio público de palabra sin cuerpo y de narrativas modificables a escala. Este artículo examina el fenómeno con las categorías políticas de Jacques Rancière y sostiene que no plantea la pregunta de si las máquinas hablan, sino que reactiva, invertida, la operación que Rancière sitúa en el origen de la política: el reparto entre habla y ruido. Se defiende una tesis en dos movimientos. Primero, el loro estocástico es un parásito de la literaturidad: vive del régimen democrático de la palabra huérfana, pero emite sin poder litigar —no puede ser agraviado ni desidentificarse—. Segundo, su efecto político es una deshumanización entendida como recuento: la sospecha de automatización —la acusación de bodega en el debate colombiano— recuenta el habla humana como ruido, en un Aventino invertido. Las dos respuestas corrientes, el humanismo de la autenticidad y el solucionismo de la detección, reproducen la doble neutralización que Rancière diagnostica en el giro ético y en el cientificismo; la respuesta pertinente es política: configurar polémicamente el reparto. El análisis prolonga, en el registro político, una investigación sobre los modelos de lenguaje como agentes operativos sin imputación.

1. Una escena colombiana

Durante las semanas del paro nacional de 2021, las redes sociales colombianas fueron el teatro de una batalla que no se libraba sobre los hechos sino sobre las etiquetas: consignas enfrentadas trepaban y caían en las listas de tendencias, y cada bando atribuía el ascenso de las consignas del otro a una maquinaria de amplificación artificial. De esa coyuntura quedó consolidada una figura que el debate público colombiano ya venía incubando y que desde entonces no ha abandonado: la bodega. La palabra designa, en su uso corriente, una nómina de cuentas —pagadas, coordinadas o automatizadas— que simula ser una multitud de hablantes espontáneos. Pero su uso eficaz es otro. En cualquier disputa digital colombiana puede observarse hoy la misma microescena, repetida hasta el cansancio: alguien publica una opinión política; la primera respuesta no discute lo dicho, sino que pregunta «¿cuánto le pagan?», o sentencia, simplemente: «bodega», «bot».

Conviene detenerse en lo que esa réplica hace. No refuta un argumento: lo que ejecuta es una operación sobre el estatuto del que habla. Quien dice «bodega» no sostiene que el enunciado sea falso; sostiene que no hay enunciado, porque no hay enunciador: detrás de las palabras no habría un hablante sino un mecanismo —una nómina, un guion, un programa—. La opinión queda recontada como emisión: algo que suena pero no dice. Y lo notable es que la operación no requiere prueba alguna; le basta la plausibilidad ambiente. Todos saben que las bodegas existen, luego cualquier palabra puede ser, hasta nueva orden, ruido fabricado.

Esta escena tiene una hermana antigua. En El desacuerdo, Rancière reconstruye, siguiendo el relato de Ballanche, la secesión de los plebeyos en el Aventino: los patricios no deliberan con los plebeyos porque deliberar con ellos sería admitir que hablan, y el orden patricio reposa precisamente sobre la evidencia contraria —de la boca de los plebeyos no sale palabra sino ruido, expresión de necesidad y no manifestación de inteligencia— (Rancière, 1996, cap. 2). El litigio fundamental, muestra Rancière, nunca versa sobre lo que se dijo: versa sobre si hay habla, y por tanto sobre quién pertenece a la cuenta de los seres hablantes. La política comienza cuando los no contados se hacen contar, instituyendo la escena en la que su voz resulta audible como discurso.

Entre el Aventino y la bodega media, sin embargo, una diferencia que es todo menos anecdótica. Al patricio, para denegar el habla, le hacía falta una jerarquía de los cuerpos: los plebeyos no hablaban porque eran seres de otro rango, sin nombre transmisible ni linaje. Al usuario que escribe «bodega» le basta hoy una sospecha de otro tipo: que detrás de las palabras no haya nadie. Y lo que vuelve universalmente plausible esa sospecha es un hecho nuevo del medio lingüístico en que vivimos: la presencia masiva de lo que Bender et al. (2021) llamaron loros estocásticos, sistemas que cosen formas lingüísticas según regularidades estadísticas, sin intención comunicativa, y cuya producción es ya indistinguible, en superficie, de la palabra de cualquiera. Desde que existen loros estocásticos, toda palabra pública carga consigo una pregunta que antes era absurda: ¿hay alguien ahí? La vieja operación policial —recontar el habla como ruido— dispone así de un dispositivo inédito, que ya no necesita asignar al otro un cuerpo inferior, sino solamente insinuar que su palabra no tiene cuerpo alguno.

Este trabajo sostiene que los loros estocásticos no plantean la pregunta, ociosa, de si las máquinas hablan, sino que reactivan —invertida— la operación que Rancière sitúa en el origen de toda política: el reparto entre habla y ruido.a Su efecto político es doble. Por una parte, industrializan lo que Rancière llama retórica —la palabra orientada a efectos de sujeción y validada por ellos—, modificando narrativas sin escena de enunciación alguna (Rancière, 2011). Por otra, y es lo que este trabajo llama deshumanización, proveen el pretexto para recontar el habla humana como ruido: la sospecha de automatización funciona como descalificación que no necesita argumentos. Deshumanizar, en sentido ranceriano, no es despojar a alguien de una esencia: es sacarlo de la cuenta de los hablantes. Frente a este doble efecto, las dos respuestas disponibles —el humanismo de la autenticidad, que defiende la dignidad de la palabra humana, y el solucionismo de la detección, que promete distinguir técnicamente al humano del autómata— reproducen la doble neutralización que Rancière diagnostica en el giro ético y en el cientificismo. La respuesta pertinente, sostendrá este trabajo, no es ninguna de las dos: es política, y consiste en instituir escenas que redisputen la cuenta de quién habla.

El argumento procede en cuatro pasos. La sección 2 reconstruye las categorías rancierianas en juego: el reparto entre logos y phoné y la cuenta de los hablantes; la literaturidad como régimen democrático de la palabra huérfana; y la distinción entre retórica y poética. La sección 3 examina el estatuto del loro estocástico dentro de ese marco: por qué Rancière no permite descalificarlo apelando a la ausencia de intención, y por qué, sin embargo, el loro no es un hablante: puede emitir, pero no puede ser agraviado, litigar ni desidentificarse. La sección 4 analiza la deshumanización como recuento: la retórica industrializada que modifica narrativas y la sospecha de bodega como nueva forma de la denegación del habla. La sección 5, finalmente, problematiza los límites del propio marco ranceriano ante este fenómeno: el problema de la escala y el riesgo de que la descripción de la manipulación narrativa recaiga en la sociología crítica que Rancière impugna.

2. El reparto entre habla y ruido

La tradición hace comenzar la política en una propiedad. El hombre es, según el célebre pasaje de la Política de Aristóteles, el único animal que posee el logos, y por eso es animal político: la voz (phoné), que comparte con los demás vivientes, basta para indicar el placer y el dolor, pero solo la palabra manifiesta lo útil y lo nocivo, lo justo y lo injusto, y funda con ello la comunidad. Rancière relee este pasaje no para impugnarlo, sino para señalar el círculo que lo sostiene: antes de que la palabra pueda fundar comunidad alguna, hay que haber decidido quién posee palabra y quién emite solamente voz, y esa decisión no puede tomarla la palabra misma (Rancière, 1996, cap. 1). Todo orden social incluye, como su operación más silenciosa, ese reparto previo: una distribución de los cuerpos en aquellos a quienes se les escucha discurso y aquellos a quienes solo se les oye ruido. A la lógica que administra esa cuenta —que asigna lugares, funciones y capacidades, y que se quiere completa, sin resto— Rancière la llama policía; reserva el nombre de política para la actividad, escasa y escénica, que la interrumpe (Rancière, 1996, cap. 2).

La estructura de esa interrupción es el litigio en torno a la distorsión [tort]: el daño constitutivo que sufre la parte que no ha sido contada. Los sujetos políticos no preexisten a sus escenas: se constituyen al ponerse en escena como hablantes que la cuenta vigente no preveía, verificando en acto la igualdad que el orden desmiente. Por eso el desacuerdo extremo, el que da título al libro de 1996, no es un malentendido entre interlocutores constituidos, que una mejor deliberación disolvería: es la disputa sobre la situación misma de interlocución, sobre si lo que suena en la boca del otro es habla o ruido. La escena del Aventino con que abrimos no ilustra esta tesis: la es. Lo que los plebeyos conquistan al instituirse como hablantes no es un contenido, sino su pertenencia a la cuenta; y lo que el patricio defiende al negarse a deliberar no es una opinión, sino el reparto que lo exime de oír.

Ahora bien, si la cuenta de los hablantes puede ser redisputada, es porque la palabra no permanece en su lugar. Aquí se inserta la segunda categoría que necesitamos: la literaturidad. Rancière la extrae de una lectura a contrapelo de la vieja condena platónica de la escritura: la palabra escrita es, en el Fedro, una palabra huérfana, que rueda de un lado a otro sin el padre que la asista, y que habla indistintamente a quienes no debería hablar. Lo que para Platón es el vicio de la letra es para Rancière el régimen democrático de la palabra: un exceso de palabras sin cuerpo, disponibles para cualquiera, que desajusta toda correspondencia ordenada entre un modo de ser, un modo de hacer y un modo de decir (Rancière, 2009). La democracia moderna no reposa, en este sentido, sobre una forma de gobierno sino sobre ese desorden de la letra: las palabras sobran, circulan más allá de sus destinatarios legítimos, y por eso el reparto de lo sensible —la distribución de lo visible, lo decible y lo pensable— puede siempre ser reconfigurado (Rancière, 2010).

Sobre este fondo se entiende el desplazamiento que Rancière imprime a la fórmula aristotélica: «el hombre es un animal político porque es un animal literario» (Rancière, 2011, p. 58). Los hombres son animales literarios en cuanto «animales captados por la palabra, alejados por la palabra de la naturalidad del orden productivo y reproductivo» (Rancière, 2011, p. 80). El desplazamiento es decisivo: la politicidad ya no se funda en la posesión del logos —una propiedad que se tiene o no se tiene, y cuya atribución administra la policía—, sino en la disponibilidad a ser desviado por palabras ajenas. Lo que Rancière llama acontecimiento del habla es precisamente eso: la captación de los cuerpos hablantes por palabras que los arrancan de su lugar (Rancière, 2011, pp. 39–40). Su escena emblemática son los obreros de La noche de los proletarios, que roban a la noche las horas debidas al descanso para apropiarse de la lengua de los poetas: no para expresar una cultura obrera, sino para romper con el modo de ser que les estaba asignado.

No toda circulación de palabras, sin embargo, verifica una igualdad. La primera de las entrevistas reunidas en El tiempo de la igualdad distingue dos regímenes de discurso. La retórica es habla orientada al aplauso y al consenso: aplica reglas validadas por sus efectos de sujeción, y su criterio de éxito es el efecto producido sobre el auditorio. La poética, en cambio, es habla que identifica el poder común del pensamiento con el poder de la igualdad; su emblema es la literatura, «el arte de la palabra sin otro lugar ni norma que el poder común de la lengua» (Rancière, 2011, p. 37). En la misma entrevista, Rancière describe la operación con que los saberes sociales respondieron al desorden democrático de la letra: reterritorializar la palabra popular dándole un cuerpo —el cuerpo del oficio, el del terruño, el del hábitus— que la devuelve al lugar del que el acontecimiento del habla la había arrancado. Llamó a esos saberes filosofías salvajes. Conviene retener la forma exacta de esta operación —asignar un cuerpo a la palabra para restituirla a su lugar—, porque reaparecerá, con otro cuerpo, en el centro de nuestro problema.

De esta reconstrucción pueden retenerse tres tesis que organizan lo que sigue. Primera: ser hablante no es una propiedad natural sino una posición en una cuenta polémica; por eso la pregunta política no es qué es el que habla, sino cómo se cuenta lo que suena. Segunda: el régimen moderno de la palabra es el de la literaturidad, la circulación de palabras sin cuerpo disponibles para cualquiera; esa disponibilidad es, indistintamente, la condición de la emancipación y la condición de su captura. Tercera: la línea divisoria que importa no pasa entre quienes tienen y no tienen logos —esa es la línea policial—, sino entre retórica y poética: entre la palabra validada por sus efectos de sujeción y la palabra que verifica una igualdad. Con estas tres tesis podemos volver al loro estocástico.

3. El loro estocástico como parásito de la literaturidad

Para negar al loro estocástico la condición de hablante se ofrece de inmediato un argumento. El loro no habla de verdad, dice, porque no hay nadie detrás de sus palabras. Cose formas lingüísticas según probabilidades, sin intención de significar y sin comprender lo que produce (Bender et al., 2021). Le falta, entonces, lo que hace de un sonido un acto de habla: un sujeto que quiera decir algo. Llamemos a esto el argumento intencionalista. Su conclusión es la que este trabajo defiende: el loro emite, no habla. Pero su razón —no hay nadie adentro— es justamente la que hay que rechazar. Y la razón importa, porque de ella depende todo lo demás.

El argumento intencionalista reedita el gesto que Rancière desmonta en la condena platónica de la escritura. Para Platón, la letra es defectuosa porque está separada de su padre. Rueda sin la presencia que garantizaría su sentido. Exigir que detrás de la palabra haya alguien que la avale es reclamar, otra vez, ese padre. Pero la literaturidad es el régimen en que tal exigencia ha caducado. La palabra vale como palabra de cualquiera precisamente porque circula huérfana, desligada de todo cuerpo que la autorice. El sentido nunca estuvo garantizado por la presencia del hablante. Si lo estuviera, no habría apropiación posible de la lengua ajena, y el obrero de La noche de los proletarios no habría podido hacer suyas palabras que no le pertenecían. Medir al loro por la ausencia de un sujeto detrás de sus frases no es, pues, aplicarle el criterio del habla humana. Es restaurar, contra Rancière, un criterio que su filosofía había abandonado.

Hay una segunda razón para desconfiar de ese argumento: repite la operación que Rancière reprocha a la sociología crítica de Bourdieu. La sociología crítica decide la capacidad de un sujeto a partir de lo que ese sujeto es —su posición, su clase, su hábitus—, y así demuestra al dominado que solo puede ser dominado; el núcleo de La distinción, dice Rancière, es «una variante del marxismo cientificista althusseriano» (Rancière, 2011, p. 84). El intencionalismo hace lo mismo con el loro. Decide lo que su palabra vale a partir de su naturaleza, antes de toda escena, porque es una máquina y no un sujeto. La forma es la misma en los dos casos: juzgar el habla por el estatuto del que la emite. Y esa es la forma policial por excelencia, la que reparte los cuerpos en hablantes y no-hablantes antes de oírlos. El intencionalista termina así del lado del patricio del Aventino. Solo que invierte el signo: el patricio negaba el habla a quien la tenía; el intencionalista cree garantizarla apelando a una interioridad que ningún litigio reclama.

¿Cómo negar entonces al loro la condición de hablante sin recaer en el gesto que Rancière prohíbe? Desplazando la pregunta de la interioridad a la escena. Lo que distingue al hablante no es que albergue una intención, sino que pueda sostener un litigio: ponerse en escena como parte no contada, padecer una distorsión [tort] y verificar en acto una igualdad negada. Por ahí queda fuera el loro, y por razones que nada tienen que ver con su silicio. No puede ser agraviado: no hay reparto del que esté excluido ni cuenta en la que reclame entrar. No puede desidentificarse: la subjetivación es ruptura con un lugar asignado, y el loro no tiene lugar del cual arrancarse. Tiene, a lo sumo, una distribución de probabilidades sobre secuencias, que es cosa muy distinta de una parte en un reparto. Recordemos que Quintana piensa la emancipación como torsión de un cuerpo, como inscripción en otro universo sensible del que estaba asignado (Quintana, 2020, pp. 80–126). El loro no ofrece cuerpo que torcer. No hay en él gestualidad, ni afecto, ni posición de la que desprenderse. El loro emite palabra; no sostiene litigio. Es la misma asimetría que, en otro registro, separa lo que un sistema hace de aquello por lo que un sistema responde: puede actuar sin poder comparecer, puede configurar sentido sin poder validarlo.

Conviene no confundir, sin embargo, dos cosas. Una es que el loro sea hablante. Otra, muy distinta, es que su producción funcione como palabra ajena que captura a otros. Lo segundo es innegable. Las frases del loro pueden desviar a un cuerpo humano, arrancarlo de su lugar, moverlo a creer o a actuar. Pueden operar, en suma, como el término ajeno de un acontecimiento del habla. Pero la operación va en una sola dirección. El loro puede ser la palabra ajena que captura; no puede ser el cuerpo capturado, porque no hay en él un lugar del que la palabra lo arranque. En el hablante humano las dos posiciones son reversibles. Soy desviado por palabras ajenas y puedo, a mi vez, volverme palabra ajena que desvía a otro. Esa reversibilidad es la circulación misma de la igualdad. El loro ocupa solo una de las dos posiciones. Es pura fuente y nunca destino; vector de literaturidad y jamás sujeto de ella.

De ahí la fórmula que da título a esta sección. El loro estocástico es un parásito de la literaturidad. Solo puede existir en el régimen donde las palabras circulan sin cuerpo y valen como palabras de cualquiera, pues es ese régimen el que vuelve su producción indistinguible de la humana. Vive, entonces, del desorden democrático de la letra. Pero no puede hacer lo único que ese desorden vuelve posible: el acontecimiento por el que una palabra verifica una igualdad. Produce la forma de la palabra huérfana sin el acontecimiento que la hace política. Y, como todo parásito, no solo vive del huésped: puede degradarlo. Cuando la forma de la palabra de cualquiera se produce a escala industrial y sin acontecimiento, lo que entra en crisis no es la máquina, que nada pierde. Es el régimen de circulación del que dependen los hablantes humanos para verificar su igualdad. A esa degradación está dedicada la sección siguiente.

Importa subrayar, para cerrar, que la línea trazada aquí es política y no metafísica. Ahí está toda su virtud. No hemos separado al hablante del emisor por lo que cada uno alberga en su interior, sino por lo que cada uno puede hacer en una escena: sostener o no un litigio, padecer o no una distorsión, desidentificarse o no de un lugar. Una línea así no autoriza nunca a expulsar a nadie de la cuenta de los hablantes por sospecha sobre su naturaleza. No permite decir «eso no habla porque podría ser una máquina», pues no juzga naturalezas sino capacidades verificadas en acto. Y es esa garantía la que el dispositivo de la bodega viene a vulnerar.

4. La deshumanización como recuento

La tesis anunciaba dos efectos políticos del loro estocástico. El primero es la industrialización de la retórica. El segundo es la deshumanización entendida como recuento. Esta sección desarrolla los dos y muestra que están ligados.

Recordemos la distinción de la sección 2. La retórica es habla validada por sus efectos de sujeción; la poética, habla que verifica una igualdad. El loro produce retórica en estado puro. Sus frases se optimizan por el efecto que provocan —que circulen, que persuadan, que retengan la atención—, y ese efecto es su único criterio de éxito. Hasta aquí nada nuevo: la retórica es tan antigua como la política. Lo nuevo es la escala y, sobre todo, la desaparición del orador. La retórica clásica suponía siempre a alguien que tomaba la palabra: un cuerpo que ocupaba un lugar, que podía ser contradicho, interpelado, obligado a responder. El loro disuelve esa figura. Produce retórica sin orador, a escala estadística, sin que nadie se ponga en escena como el que dice.b

De ahí que la modificación de narrativas que el loro hace posible no sea simplemente una mentira más en el viejo repertorio de la propaganda. Cuando miles de cuentas repiten, varían y amplifican una consigna sin que detrás de ninguna haya un cuerpo que la sostenga, el reparto de lo decible se reconfigura sin escena de enunciación alguna. Lo que parece una multitud que habla es una distribución que se ejecuta. Y un adversario sin lugar es un adversario que no se puede contradecir, porque la contradicción supone una escena, y la escena supone alguien enfrente. La retórica industrializada no gana el litigio: disuelve sus condiciones.

Pasemos al segundo efecto, que es el más grave y el que da su nombre a la sección. Volvamos a la escena de la bodega con que se abrió este trabajo. Ahora podemos describir lo que en ella ocurre. Quien responde «bodega» a una opinión política no la refuta: la recuenta. No dice que el enunciado sea falso, sino que no hay enunciado, porque detrás no habría enunciador sino un mecanismo. La palabra del otro queda reclasificada como ruido fabricado. Y la operación no necesita prueba. Le basta la plausibilidad que el loro estocástico ha vuelto universal: como cualquier palabra pública podría no tener cuerpo, cualquier palabra pública puede ser denegada bajo sospecha de no tenerlo.

Conviene medir la ironía de esta situación a la luz de la sección anterior. Allí vimos que el loro no puede ser deshumanizado, porque nunca estuvo en la cuenta de los hablantes: no se le puede quitar lo que no tiene. El que sí puede ser deshumanizado es el hablante humano. Y es la existencia del loro la que lo deshumaniza. La sospecha de automatización, que sobre la máquina no recae como agravio, sobre el humano recae como descalificación. Tenemos así una inversión exacta de la escena del Aventino. El patricio negaba el habla a quien la tenía asignándole un cuerpo inferior. La sospecha de bodega niega el habla a quien la tiene sospechando que no tiene cuerpo alguno. El mecanismo es el mismo —recontar el discurso como ruido—; cambia solo el criterio de la denegación.

Conviene llamar a esto deshumanización en un sentido preciso, y deliberadamente no en el habitual. No se trata de que alguien sea privado de una esencia humana, de una dignidad o de una interioridad. Ese sería el registro ético que este trabajo evita. Deshumanizar, en sentido ranceriano, es sacar a alguien de la cuenta de los seres hablantes; convertir su discurso en ruido; quitarle, no su humanidad como sustancia, sino su parte en el litigio sobre lo común. La sospecha de bodega deshumaniza no porque ofenda una dignidad, sino porque ejecuta un recuento policial: decide, sin escena y sin prueba, que lo que el otro dice no cuenta como habla.

Frente a este doble efecto, el debate público dispone de dos respuestas, y la tesis de esta sección es que ninguna de las dos es política. Reproducen, actualizada, una vieja pareja: las dos formas opuestas con que, según Rancière, una tradición intelectual puede neutralizar el exceso igualitario de la palabra.

La primera respuesta es el humanismo de la autenticidad. Defiende la palabra humana frente a la máquina invocando lo irreductiblemente humano: la dignidad de la voz propia, la autenticidad, la presencia de un sujeto verdadero. Es el gesto del giro ético, que respeta su objeto hasta volverlo impensable. Y falla por dos motivos. Primero, habla el lenguaje de la dignidad y no el de la igualdad; pero, como Rancière insiste, la dignidad es categoría ética y la igualdad es categoría política, y los que reclaman su parte piden papeles, no respeto (Rancière, 2011, p. 81). Segundo, y más grave: al hacer de «ser humano» el criterio del habla legítima, acepta exactamente el terreno en que opera la sospecha de bodega. La acusación también juzga por la naturaleza del emisor. El humanismo de la autenticidad le da la razón en el principio y solo le discute el veredicto.

La segunda respuesta es el solucionismo de la detección. Promete distinguir técnicamente al humano del autómata: marcas de agua, clasificadores de bots, certificados de humanidad. Es el gesto del cientificismo, que hace confesar a su objeto la verdad de lo que es. Y falla también por dos motivos. Primero, instituye una autoridad técnica como árbitro de quién cuenta como hablante; restablece el recuento policial por otros medios, ahora con la coartada de la objetividad. Segundo, adjudica el habla por la naturaleza del emisor —esto lo produjo una máquina, aquello un humano—, que es justamente el gesto que la sección anterior mostró inadmisible. Detectar al loro para excluirlo es, en su forma, lo mismo que excluir al humano por sospecha de ser loro. Las dos operaciones reparten los cuerpos en hablantes y no-hablantes antes de oírlos.

Las dos respuestas son simétricas y convergen en lo esencial. Una sacraliza al humano; la otra detecta a la máquina. Ninguna pregunta lo único que importa políticamente: qué hace esta palabra, si sostiene o no un litigio, si verifica o no una igualdad. Las dos deciden de antemano quién habla, y por eso las dos neutralizan la pregunta en lugar de plantearla. La tercera posición —la política— no consiste en certificar al hablante auténtico ni en desenmascarar al impostor. Consiste en configurar polémicamente el reparto: instituir escenas en las que una palabra en disputa pueda hacerse oír como discurso, sin que su derecho a ser oída dependa de un certificado de origen (Rancière, 2011, p. 99). A la pregunta «¿es humano o es bot?» la política no responde mejor: responde con otra pregunta. No quién emite esto, sino qué hace; no de dónde viene la palabra, sino qué igualdad verifica o deniega la escena en que suena.

5. Los límites del marco ranceriano

El marco ranceriano ha servido hasta aquí como una hoja para cortar el problema. Conviene ahora volver la hoja contra sí misma. Hay al menos tres tensiones que el análisis precedente abre y no cierra, y que conviene exponer antes de concluir, porque marcan los límites del marco tanto como sus alcances.

La primera es la tensión de la escala. La política de Rancière es escasa, escénica y eventual: es la interrupción de un orden por un acontecimiento. Supone, por tanto, un orden que interrumpir y una escena en la que la interrupción se produzca. Pero la modificación de narrativas descrita en la sección 4 no tiene la forma de un orden. No es un reparto fijo que un litigio pueda impugnar. Es continua, difusa, ambiental: más un clima que una policía. Y un clima no ofrece escena. La retórica industrializada no instituye una cuenta que se pueda recontar; modula sin cesar lo decible sin constituirse nunca en una parte enfrente de la cual ponerse. Aquí el marco ranceriano roza su límite. Su adversario clásico es un orden que dice «esto es todo y no hay resto»; pero el loro no afirma nada, no ocupa lugar, no sostiene un reparto. Cabe la sospecha de que contra un adversario sin escena la política ranceriana no solo se vuelva difícil de hacer, sino difícil de ver. El loro no gana el litigio: hace que no haya litigio.

No conviene resolver esta tensión a la ligera. Podría decirse que también el orden policial es ambiental, y que Rancière siempre supo que la política es rara justamente porque el reparto de lo sensible es la respiración cotidiana de lo social. Es cierto. Pero hay una diferencia: el reparto policial, por difuso que sea, puede siempre condensarse en una escena —el patricio que no escucha, el funcionario que no registra—. La pregunta abierta es si la modulación algorítmica de lo decible admite esa condensación, o si su novedad consiste precisamente en sustraerse a ella.

La segunda tensión es más incómoda, porque compromete al propio argumento. Para denunciar la manipulación narrativa a escala, este trabajo tuvo que decir que lo que parece una multitud que habla es una distribución que se ejecuta; que hay cuerpos humanos desviados por palabras cuyo origen no ven. Pero esa es, en su forma, exactamente la operación que Rancière reprocha a Bourdieu: demostrar a los dominados que están dominados, revelarles que su aparente libertad es el efecto de un mecanismo oculto que solo el analista percibe. Si la sección 3 condenó el intencionalismo por juzgar el habla desde la posición del emisor, esta sección corre el riesgo simétrico: juzgar la palabra ajena desde la posición del que sabe ver el mecanismo. El diagnóstico crítico amenaza con reinstalar la asimetría de saber que Rancière combatió toda su vida.

Tampoco aquí hay una salida limpia, y conviene nombrar los dos cuernos antes que fingir que se concilian. Describir el dispositivo no es lo mismo que declarar incapaz a quien está expuesto a él: se puede decir cómo opera la retórica industrializada sin concluir que sus destinatarios son títeres sin remedio. La diferencia está en si la descripción cierra o deja abierta la posibilidad de apropiación —esa reversibilidad de las posiciones que la sección 3 reconoció como la circulación misma de la igualdad—. Pero es una diferencia frágil, que cada análisis concreto debe sostener y que ninguno garantiza de antemano. La crítica de la manipulación vive siempre a un paso de la sociología que denuncia.

La tercera tensión sitúa el problema y, al hacerlo, descubre un supuesto del propio análisis, que ha hablado de la literaturidad como si hubiera un solo régimen de la palabra de cualquiera. Pero el loro no se nutre de toda la lengua: se nutre de un corpus, y el corpus tiene su propio reparto. Los datos con que se entrenan estos sistemas son masivamente anglófonos; el español está subrepresentado y las lenguas indígenas americanas son, en la cuenta del archivo algorítmico, casi inexistentes. Hay, pues, una parte de los hablantes cuyas palabras no entran en la lengua que el loro reconoce como común: los sin parte del archivo. La «palabra de cualquiera» que el modelo reproduce es, en realidad, la palabra de un cualquiera muy particular. Esto desplaza la pregunta de este trabajo hacia un terreno que excede sus límites: ¿qué significa la deshumanización como recuento para hablantes que ni siquiera figuran en el recuento; para quienes el problema no es ser reclasificados como ruido, sino no haber sido nunca registrados como señal? La escena de la bodega supone, después de todo, una lengua pública densamente poblada de hablantes y de bots. Buena parte de América Latina habla lenguas para las que esa escena todavía no se ha planteado, porque la infraestructura que la haría posible no las incluye. El marco de este trabajo ilumina la primera situación; apenas alcanza a nombrar la segunda.

6. Conclusión

Este trabajo leyó la presencia masiva de los loros estocásticos con las categorías políticas de Rancière. Tres resultados pueden retenerse. Primero, un resultado conceptual: la pregunta pertinente no es si las máquinas hablan, sino cómo se cuenta lo que suena. Situado en el reparto entre habla y ruido, el loro se deja describir con precisión como parásito de la literaturidad: vive del régimen en que las palabras circulan sin cuerpo, pero no puede hacer lo que ese régimen vuelve político —ser parte en el litigio que su palabra perturba—. Emite; no litiga. Segundo, un resultado crítico: el daño mayor no lo sufre la máquina, que nunca estuvo en la cuenta, sino el hablante humano, a quien la sospecha de automatización deshumaniza al recontarlo como ruido. La escena de la bodega es un Aventino invertido: deniega el habla no asignando un cuerpo inferior, sino sospechando que no hay cuerpo alguno. Tercero, un resultado negativo y otro positivo: las dos respuestas disponibles —sacralizar al humano, detectar a la máquina— comparten el gesto policial de decidir quién habla antes de oírlo, mientras que la respuesta política no certifica al hablante ni desenmascara al impostor, sino que configura polémicamente el reparto, abriendo escenas en las que una palabra en disputa pueda hacerse oír sin certificado de origen.

Conviene, para cerrar, situar este resultado junto al que la misma investigación obtiene en el registro moral, porque su divergencia es instructiva. Allí, el diagnóstico de una agencia sin imputación conducía a una respuesta de diseño: instalar en el ensamblaje un circuito por el que alguien comparezca, un andamiaje que acople la agencia operativa del sistema a la imputación de un sujeto que responde. Aquí, el diagnóstico de una emisión sin litigio no admite esa salida. No puede haber un protocolo que certifique a los hablantes, porque certificar al hablante es precisamente la operación policial que la política interrumpe. Donde el problema moral pedía una arquitectura, el problema político la rechaza: no se deja resolver instalando una estructura, sino solo instituyendo escenas. A la pregunta por quién responde se le puede construir una dirección; a la pregunta por quién habla solo se le puede abrir una escena. El mismo objeto exige, en un registro, un aparato durable y, en el otro, un acontecimiento siempre por rehacer.

Queda, así, una tarea que es de vocabulario antes que de técnica: mientras la conversación pública siga organizada por la pregunta «¿es humano o es bot?», permanecerá del lado de la policía, que reparte los cuerpos antes de escucharlos. Sustituirla por la pregunta política —qué escena hace audible una palabra y qué igualdad verifica al sonar— no resuelve el problema que los loros estocásticos plantean, pero es la condición para que ese problema pueda, todavía, plantearse políticamente.

Referencias

  • Bender, E. M., Gebru, T., McMillan-Major, A. y Shmitchell, S. (2021). On the Dangers of Stochastic Parrots: Can Language Models Be Too Big? Proceedings of the 2021 ACM Conference on Fairness, Accountability, and Transparency (FAccT ‘21).
  • Quintana, L. (2020). Política de los cuerpos. Emancipaciones desde y más allá de Jacques Rancière.
  • Rancière, J. (1996). El desacuerdo. Política y filosofía.
  • Rancière, J. (2009). La palabra muda. Ensayo sobre las contradicciones de la literatura.
  • Rancière, J. (2010). El reparto de lo sensible. Estética y política.
  • Rancière, J. (2011). El tiempo de la igualdad. Diálogos sobre política y estética.